Héctor A. Gil Müller
Cuenta la historia, una de aquellas
historias que aunque crecen en la imaginación parecen tan reales que incluso
sirven para entender el universo. Un pequeñito pidió a un sabio maestro que le
contase el cuento más feliz pero usando solamente seis palabras. El maestro con
algo de inquietud por aventurarse en un recorrido que parecía saber a donde se
dirigía, sin tanta dificultad le dijo; -Recuperó su cielo y pudo volar. Exclamó
el viejo sabio. Ahora dime un cuento muy triste con solo cinco palabras, gritó
emocionado el niño; -Tocó fondo y siguió cavando… dijo con una voz melancólica
el maestro que ahora fijaba sus ojos en el niño aceptando el reto. Ahora cuéntame
una historia muy feliz pero solo puedes usar cuatro palabras: “soy mi propio
hogar”. Los ojitos del niño revelaban sorpresa pero también pasión por
continuar el juego. Ahora hazlo con tres palabras, dime una historia muy
triste; -Te quiero, pero… susurró con dramatismo el viejo y seguro profesor.
Dime un cuento feliz con solo dos palabras; “yo también”… y ahora, dijo con una
seria voz el pequeñito pudieras contarme el cuento más triste con una sola
palabra; -“hubiera” resopló el profesor quien sabía que el recorrido había
terminado. Se quedó el silencio sobre esa sala mientras ambos; el viejo maestro
y el pequeño aprendiz entendian que las palabras describen; siendo muchas o siendo
muy pocas.
Otra historia, oculta entre los
hitos de la literatura involucra a Ernest Hemingway, quien departía en una
noche veraniega con amigos escritores a finales de la década de los veintes.
Uno de los asistentes apostó a los presentes a escribir un cuento solamente con
siete palabras. El ganador se llevaría diez dólares como premio. Hemingway no
dudó y tomando una servilleta escribió: “Se venden zapatitos de bebe sin usar”.
Cuenta la historia que se hizo el silencio en la mesa, reconocieron todos la
genialidad de quien había decidido hacer de las palabras su vida y entregaron
el premio profundamente conmovidos por tan pocas palabras y tanto significado.
No existen palabras suficientes para describir de manera
fiel la terrible y sangrienta historia del rancho Izaguirre en el municipio de
Teuchitlán del estado de Jalisco, un lugar usado para el exterminio y
desaparición de seres humanos perpetrado por un cartel de narcotraficantes
mexicanos. El lugar no fue identificado siquiera por las autoridades mexicanas,
fue un grupo de civiles organizados para buscar a sus familiares desaparecidos
quien llevó a cabo la investigación e identificación de las fosas que clandestinamente
guardaban los restos de cientos de seres humanos. Nuevamente la sociedad civil,
la organización mas noble, aquella que surge por motivos propios de la crisis y
la necesidad pone el ejemplo en un campo minado de impunidad, desinterés y
corrupción.
Las palabras palidecen ante la terrible situación y la
condición imperante sigue siendo desesperanzadora en un México que cada día
parece opacar al anterior en salvajismo, crueldad e impunidad. Una palabra
sobresale e inunda la atmósfera de quienes encuentran entre las pertenecías
objetos de sus amados, una palabra que anida y cala hondo y se lleva derretidos
los colores de la insignia nacional; “dolor”...
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