Héctor A. Gil Müller
El tiempo es un trágico aliado. Acompaña a todo y
a todos. Y aunque pidamos al tiempo que vuelva, no lo hace. Conformarnos al
tiempo y aprovechar el tiempo son consejos genuinos, de aceptación, felicidad y
sobre todo satisfacción. No existen los días desperdiciados. Los buenos días
nos dan alegrías, los malos nos traen experiencia, los peores dan lecciones y
los mejores nos entregan recuerdos. El tiempo siempre permite poner en su lugar
y justa medida a todo. El tiempo ha convertido a santos en monstruos o a
inculpados en inocentes. El tiempo ha revelado la genuina intención y ha
borrado los dolores de una herida. El
tiempo es el mejor maestro, aunque lamentablemente mata a todos sus alumnos. El
tiempo permite entender si las acciones sembradas han prodigado buenos frutos o
son estériles.
Una acción política no necesariamente evidencia sus resultados de
inmediato, toma su tiempo. Las acciones de hoy tienen un impacto en el mañana.
Incluso por mas pequeñas que sean, el destino es rudo y también muy extraño,
elige momentos que perpetúa a pesar del esfuerzo por mantener otros. El ideario
popular tiene muchas historias de pequeñas acciones que concluyeron en
gigantescas conclusiones. Caprichosos
momentos que se convierten en temporadas. Una herida de guerra mantuvo en cama
a Iñigo Lopez y Loyola. Durante su estancia en el hospital la plática con un
sacerdote enfermo y acompañante de cuarto fue suficiente para incitar una fe
religiosa que lo haría ser San Ignacio de Loyola al paso del tiempo. Los
apetitos románticos de un joven estudiante que siendo descubierto por el marido
de la mujer pretendida decide huir a la recién descubierta isla de Cuba
convirtiéndose así en Don Hernán Cortes. Una mención zoosanitaria sellada a las
hojas de registro de los perros “free of lices” (libres de piojos) fue suficiente
para popularizar el firulais, su más fonética aceptación, y convertirse en el
apodo común para todos ellos.
La política arancelaria que ha emprendido Trump, convirtiendo sus anuncios
en puntales de guerra seguramente traerán consecuencias posteriores. En un
mundo que desconoce las respuestas a sus principales preguntas. En un mundo
asustado por las crisis globales empieza a abandonar la cooperación y el
desarrollo conjunto. Cierra, por imitación, las fronteras que hace unas décadas
buscaban disminuir. Pretender con aranceles disminuir un déficit no será la
única consecuencia. Las grandes revoluciones, movimientos políticos masivos, se
gestan en el plano de los impuestos, pero no solamente por la recolección sino
por la percepción de injusticia. La ausencia de un por qué y que se llena con
un mensaje. La injusticia siempre gesta
movimientos.
En México igual, los silencios, las acciones, la tolerancia y las
retracciones contribuyen a una consecuencia mayor con el paso del tiempo.
Cosechamos siempre lo que sembramos, después de que se siembra y en mayor
medida que lo que se sembró. El silencio y mal manejo del caso Cuauhtémoc
Blanco, un exgobernador acusado de maltrato y violencia sexual, está nuevamente
sembrando la sensación de injusticia en medio de una sociedad dolida por
gigantescas consecuencias que empezaron con pequeñas tropelías. La negativa a
enfrentar un juicio por acoso sexual está creciendo, un momento que se vuelve
una consecuencia. ¡Vaya tiempos!


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